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Friday, June 18, 2021

Vacunas: la lección argentina

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En abril comenzó la producción de la vacuna Sputnik en Argentina. Foto: AFP.

Mientras en el Primer Mundo la vida vuelve progresivamente a la normalidad gracias a la abundancia de vacunas, en otros lugares, como América Latina, seguimos festejando el aterrizaje de los aviones que traen a cuentagotas las dosis. Ni modo: no somos productores de vacunas. Nos toca esperar.

En Argentina, pronto, ya no tendrán que esperar.

Porque cuando en el resto de países de la región la preocupación principal era comprar las vacunas, en la tierra de Messi, el tango y Los Redondos el plan ha sido otro: comprarlas, sí, pero también llegar a acuerdos para producirlas. En parte o por completo. Y lo han logrado.

Hace unos días, luego de la visita de una delegación de autoridades y científicos israelíes a Buenos Aires, Argentina llegó a un acuerdo para participar en la producción de la vacuna israelí.

Es el cuarto convenio de este tipo que logra cerrar. Antes lo hizo con la farmacéutica AstraZeneca, luego con la empresa china Sinopharm y después con el Instituto Gamaleya de Rusia. Todos los acuerdos implican que laboratorios argentinos participen en alguna etapa de la fabricación del producto.

Lo que significa que, en el mediano plazo, este país se convertirá en el principal productor de vacunas de la región.

¿Cómo lo hizo?

Historia de aprendizaje

–Hay una base tecnológica que les permite a los productores internacionales de vacunas fijarse en nuestro país, porque saben que puede hacerse una transferencia tecnológica– dice por teléfono, desde Buenos Aires, Pablo Bonvehí, director científico de la Fundación Vacunar.

Y tiene razón: hay una base tecnológica. Argentina es uno de los pocos países latinoamericanos con experiencia en hacer vacunas –el otro es Brasil.

Desarrollar esta capacidad no fue una iniciativa estatal. Fue resultado de la visión de un hombre de negocios. En el año 2009, luego de la pandemia de Gripe A, el magnate farmacéutico Hugo Sigman se presentó en el despacho de Cristina Fernández con una idea: que la multinacional Novartis le enseñe a un laboratorio argentino a hacer vacunas contra la gripe a cambio de un contrato de exclusividad de tres años con el Estado. Fernández aceptó. Sigman, Novartis y la empresa Elea formaron un consorcio, Sinergium Biotech, cuyos técnicos aprendieron, a lo largo de esos tres años, todo lo que debían saber sobre la vacuna antigripal. A partir del cuarto año empezaron a fabricarla solos. Hoy en día le venden 15 millones de dosis anuales al Estado. Además, hacen para Merck vacunas contra el VPH y para Pfizer, vacunas contra el neumococo.

Pablo Bonvehí cuenta que, para asegurarse de contar con los mejores profesionales, Sinergium repatrió un gran número de científicos argentinos. De hecho, hasta el 2015, el gobierno repatrió a 1,300 científicos dispersos por el mundo. Buena parte de ellos se integraron a la cada vez más emergente industria farmacéutica.

La pandemia del coronavirus encontró a la Argentina con un sistema de salud deficiente, como el resto de países de la región, pero con esa base tecnológica a la que se refiere Bonvehí: al menos un laboratorio que hacía vacunas y varios que producían medicamentos biológicos y biosimilares.

En agosto de 2020, AstraZeneca eligió a uno de estos laboratorios, mAbxcience, propiedad del grupo de Hugo Sigman, como su aliado para la elaboración de su vacuna en Sudamérica. MAbxcience haría el principio activo y un laboratorio mexicano se ocuparía del envasado. El gobierno argentino se entusiasmó tanto que se apresuró a comprar 22 millones de dosis. Hoy en día hay un pequeño alboroto en el país porque las primeras dosis debían llegar en marzo, al punto de que el propio Sigman tuvo que salir a explicar que el retraso es culpa de México. Pero lo más probable es que las primeras vacunas contra el coronavirus hechas en Argentina empiecen a distribuirse en junio.

El acuerdo con los rusos, por su lado, se cerró en febrero pasado. Esta vez la contraparte argentina es el laboratorio Richmond, que fabrica antivirales y medicamentos oncológicos, y que invertirá 60 millones de dólares en una planta para envasar el principio activo de la vacuna Sputnik. Las últimas informaciones señalan que el próximo mes podría comenzar la producción a gran escala.

Con Sinopharm se llegó a un entendimiento a inicios de mayo. Los científicos chinos transferirán el conocimiento tecnológico de su vacuna a sus pares de Sinergium Biotech, con quienes ya han trabajado en el pasado. Hace unos días trascendió que el laboratorio asiático podría enviar los antígenos en junio, con lo cual la fabricación del producto comenzaría inmediatamente.

El trato con el gobierno israelí, el cuarto proyecto de fabricación de vacunas en tierras gauchas, asegurará la posición de Argentina como el gran proveedor de vacunas en América Latina. Eso nos beneficiará en la medida que las dosis inmunizadoras estarán más a nuestro alcance. Pero la pregunta que surge de inmediato es ¿y si mejor las hacemos en el Perú?

La vacuna peruana

–Para hacer vacunas en Perú podemos seguir dos líneas– dice Ernesto Gozzer, exjefe del Instituto Nacional de Salud (INS). –Una, empezar de cero, investigando, desarrollando y patentando nuestra propia vacuna. Y otra, hacer convenios con farmacéuticas extranjeras o de país a país para construir una planta y recibir transferencia tecnológica que permita aprender a hacer vacunas.

Gozzer dice que el segundo camino permitiría tener la vacuna a más tardar en un año. Habría que ofrecerles condiciones ventajosas a la empresa extranjera para que venga a enseñarnos a fabricar su producto. Para el especialista, el caso argentino es un buen ejemplo de lo que se podría hacer.

Sin embargo, dice, igual de importante es desarrollar nuestra propia vacuna. Para ello, el gobierno debe incrementar el presupuesto en investigación y desarrollo. El INS podría liderar un proyecto conjunto en alianza con universidades y laboratorios. Que se asuma como una política de continuidad que no dependa de los cambios de jefaturas o ministros. Tomará tiempo y no será fácil, pero en cinco o diez años podríamos ser un país que produce vacunas e, incluso, que las exporta.

Sumiko Oshiro, presidenta de la Asociación de Laboratorios Farmacéuticos de Productos Biológicos, coincide con Gozzer: debemos buscar convenios con farmacéuticas extranjeras que puedan traer su experiencia en la fabricación de vacunas a los laboratorios nacionales. Lo ideal sería crear nuestra propia planta.

Oshiro dice, además, que debemos capacitar más a nuestros profesionales farmacéuticos: solo el 5% de ellos ha participado en un intercambio académico. Las universidades deben propiciar que se capaciten en laboratorios extranjeros. Y asegurarse de que estén preparados para los retos que vienen.

–Hacer nuestras propias vacunas hará que no tengamos que depender de otros países para protegernos oportunamente– dice Ernesto Gozzer. –Es mejor que desarrollemos esa capacidad. De esa manera, vamos a tenerla más rápidamente ante la emergencia que significa una pandemia como esta. Y vamos a estar más preparados para responder a las próximas pandemias.

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